Muchas grandes historias terminan en las páginas de un periódico. Esta comenzó en una de ellas.
En 2001, un artículo de El Tiempo sobre Nelson Mandela, un asentamiento de Cartagena, llamó la atención de Missy Christie. Miles de familias llegaban allí huyendo de la violencia, después de abandonar sus campos y veredas en la costa norte de Colombia.
La noticia mostraba otra Cartagena: una ciudad que, más allá de sus murallas, sus playas y su belleza colonial, recibía a quienes buscaban refugio y una oportunidad para comenzar de nuevo. Missy reconoció en aquellas páginas una realidad que ya había conocido en Bogotá y Soacha. Sintió que debía responder.
Subió a la oficina de su esposo, el médico Carlos Eduardo Acosta, y le entregó el periódico. Él todavía no había terminado de leer cuando levantó la mirada. Sus ojos se encontraron y ambos comprendieron que debían ir.
Llevaban varios años trabajando con familias en situación de vulnerabilidad. Conocían las consecuencias de la pobreza, el desplazamiento y la exclusión, especialmente en la vida de los niños. También habían visto lo que podía suceder cuando el amor al prójimo se convertía en un compromiso sostenido.
Esa convicción tenía raíces en el ejemplo de Lindsay y Denise Christie, padres de Missy, fundadores del periódico Desafío, del Centro Cristiano de Consejería y Difusión y de los primeros Colegios Dios es Amor, en Bogotá y Soacha en 1992. Su manera de vivir la fe había dejado una enseñanza que orientaba el trabajo: la Palabra de Dios puesta en acción podía transformar vidas y comunidades.
Con recursos limitados y muchas preguntas por resolver, Missy y Carlos Eduardo organizaron el viaje.
La Cartagena del periódico
Llegaron sin contactos locales. Alquilaron un carro en el aeropuerto y, entre preguntas e indicaciones, avanzaron hacia el sector que habían conocido a través de la noticia.
A media tarde, en las colinas de Nelson Mandela, una vía improvisada les cerró el paso. El barro y las piedras impedían continuar.
Ante sus ojos se extendían hileras de viviendas hechas de cartón, plástico y madera. Entre ellas, las llantas usadas formaban pasos sobre el terreno anegado. Algunos hombres acomodaban las llantas y abrían zanjas para que corriera el agua. Había mujeres jóvenes y muchos niños pequeños. El calor, la humedad y el olor del agua
estancada acompañaban la escena.
Saludaron y conversaron con algunas personas. Antes del anochecer, siguiendo las recomendaciones de los habitantes, emprendieron el regreso. Se fueron con la certeza de que debían hacer algo.
Comenzaron con lo que tenían a su alcance. Se conformó un equipo básico de salud con médico, odontólogo, enfermera y capellán. Con una unidad móvil de odontología, una camilla portátil y desplazándose en taxi, iniciaron las primeras jornadas. La atención abrió un espacio para escuchar. Visita tras visita, el equipo fue conociendo a las familias, comprendiendo sus circunstancias y construyendo una relación de
confianza.
El nombre de Heriberto
Durante la segunda visita de Missy, una joven la reconoció y la llamó:
- Madre, se acuerda de mí? Tiene que conocer a mis mellos.
Los mellizos eran los menores de ocho hermanos. Heriberto era uno de ellos. Tenía ocho meses, pero su cuerpo parecía el de un bebé prematuro. Al cargarlo, Missy lo sintió febril y buscó de inmediato a Carlos Eduardo.
El niño estaba deshidratado y su condición era grave. Debían llevarlo al hospital. Oraron con la familia y organizaron su atención.
Al regresar, el plan de trabajo comenzó a tomar forma en un documento. La respuesta contemplaba varias etapas: una clínica móvil, apoyo nutricional, una guardería, acompañamiento social y espiritual, formación para el trabajo y apoyo al emprendimiento. En ese horizonte estaba ya presente el anhelo de construir un Colegio
Dios es Amor.
La busqueda de aliados inició. Missy compartió el proyecto con múltiples organizaciones. Pasaron semanas sin recibir respuesta. Una tarde, al advertir que llevaba quince días sin noticias de Heriberto, llamó a la representante del equipo en Cartagena. Al otro lado de la línea recibió la noticia que nadie había sabido cómo comunicarle: el bebé había fallecido.
La tristeza vino acompañada de desilusión. Habían actuado, habían dispuesto lo que estaba a su alcance y habían orado. Heriberto, sin embargo, había muerto. El apoyo para continuar tampoco llegaba y los recursos estaban por agotarse.
Esa noche, Missy y Carlos Eduardo pusieron delante de Dios a la familia de Heriberto y el trabajo realizado. Le entregaron sus preguntas, su dolor y el futuro de aquella obra que apenas comenzaba.
A la mañana siguiente, como cada día, Missy abrió el correo en su oficina. Había un mensaje de Woord en Daad, organización aliada de los Países Bajos. El asunto decía: «Clínica Móvil Cartagena».
La financiación había sido aprobada.
Para ellos, aquel mensaje fue una respuesta a la oración de la noche anterior. La ausencia de Heriberto seguía doliendo, pero se abría la posibilidad de continuar y procurar que otros niños recibieran atención a tiempo.
Un lugar donde crecer
El respaldo permitió ampliar los servicios de salud y fortalecer la presencia del equipo en las comunidades. Escuchar a las familias ayudó a comprender sus necesidades y a reconocer sus capacidades. Cuidar a los niños también requería acompañar a sus padres y ampliar las oportunidades del hogar.
La experiencia en Bogotá y Soacha había mostrado el alcance de una educación cristiana que comenzaba desde los primeros años. En Cartagena, donde se hablaba de los «pobres históricos», el trabajo se afirmaba en una convicción: la pobreza no tenía por qué determinar el futuro de una familia.
El colegio estaba presente en la visión desde el comienzo. Hacerlo posible requería avanzar por etapas, de manera que cada una estableciera las bases de la siguiente.
Comenzó entonces la búsqueda de un terreno donde el proyecto pudiera desarrollarse. Así llegaron al lugar desde el cual la obra serviría a El Pozón y a otras comunidades de la zona oriental de Cartagena.
Y llegó el día de comenzar a construir la guardería. Con una pala entre las manos, Missy removió el primer montoncito de tierra. Recordó el paso de fe que su padre había dado años atrás en Bogotá y Soacha. Después de su fallecimiento, aquella obra seguía extendiéndose hasta lugares que él no había conocido.
Dio gracias a Dios por recibir lo poco que habían podido ofrecer y multiplicarlo.
El recuerdo de Heriberto también estaba allí. Junto al dolor aparecía la esperanza de contar con un lugar donde otros niños pudieran ser cuidados, alimentados y acompañados. Al remover la tierra, imaginó el día en que saldrían de allí hombres y mujeres preparados para aportar a sus familias, a su comunidad y a la sociedad.
El colegio tomó forma
La atención en salud y la guardería establecieron las primeras bases. La formación para el trabajo y el apoyo al emprendimiento ampliaron las oportunidades de los padres y las madres para sostener sus hogares.
A través del Proyecto Técnico Integral, la preparación para un oficio se vinculó con el crecimiento personal y espiritual. El propósito era equipar a las personas para reconocer sus talentos, desarrollar sus capacidades y construir un proyecto de vida que contribuyera al bienestar de su familia.
Con el tiempo, los niños mayores de la guardería llegaron a la edad de iniciar primaria. Era necesario dar el siguiente paso.
Voluntarios de Canadá, trabajaron junto a obreros, arquitectos e ingenieros locales para levantar el edificio escolar. El esfuerzo compartido permitió que aquellos pequeños continuaran su formación en un lugar que ya conocían.
Más adelante, con el respaldo de Woord en Daad, llegó la secundaria.
El crecimiento también llevó a profundizar en la manera de educar. Los aprendizajes de los Colegios Dios es Amor, su cosmovisión cristiana y la experiencia de estudiantes, familias y docentes contribuyeron al desarrollo de Escuela con Propósito.
Esta propuesta articula el aprendizaje académico con la formación del carácter, las relaciones, el desarrollo emocional y espiritual y la capacidad de servir. En ella, maestros y familias comparten la responsabilidad de acompañar a cada estudiante para que descubra y desarrolle su potencial.
Las vidas que cuentan la historia
Con los años, lo que al principio apenas podía imaginarse comenzó a reconocerse en las vidas de quienes habían pasado por la guardería y el colegio. Niños y niñas crecieron, continuaron su formación, construyeron sus propios hogares y encontraron caminos para servir a otros.
Sus trayectorias han sido distintas, con dificultades, con alegrías, decisiones y logros propios. Juntas dan testimonio de las oportunidades que pueden abrirse cuando una comunidad persevera en el cuidado y la formación de sus nuevas generaciones.
La historia del colegio también se ha escrito con la confianza de las familias, la dedicación de los docentes y colaboradores, y la generosidad de voluntarios, patrocinadores, y aliados que han sostenido el trabajo a lo largo de los años.
Hoy, el Colegio Dios es Amor de El Pozón continúa recibiendo a nuevos estudiantes. En sus aulas permanece la convicción que dio origen a la obra: cada niño ha sido creado y amado por Dios, tiene capacidades que merecen desarrollarse y puede contribuir a la vida de los demás.
Aquel primer día, Missy levantó apenas un poco de tierra. Hoy, en ese lugar, hay aulas, encuentros, aprendizajes y nuevas historias por escribir. La semilla sigue dando fruto en quienes descubren su valor, en las familias que encuentran oportunidades y en las personas que hacen del cuidado recibido una manera de servir.
Es allí, en esas vidas, donde la historia continúa.




